lunes, 5 de julio de 2010
viernes, 14 de mayo de 2010

Cuando Jorge Luis Borges quiso hablar del universo, lo comparó con una Biblioteca infinita, la Biblioteca de Babel. Borges, apasionado de la lectura, ciego al que había que leerle, dijo que basta con que un libro sea posible, para que exista. No se hallaba muy lejos de un Pessoa para el que lo vivido en un libro era más vívido que la propia realidad.
Pero no es de esto de lo que deseo hablar. No, solo quiero contar una historia breve, en parte de todos conocida. Un relato que es también una pequeña historia del mundo.
¿Se acuerdan de Eva, Adán y la manzana? Pues bien, esa fruta en realidad no era una fruta, sino la metáfora de algo mucho más precioso y suculento: el lenguaje, la palabra. La facultad de nombrar pues, como es bien sabido, Dios al tiempo que creaba iba dando nombre a lo creado y, de ese modo, dándole verdadera existencia. Y es que, lo supo desde el instante en que utilizó tal herramienta, la palabra era capaz de otorgar identidad a lo que todavía no era y nunca sería sin ser nombrado.
¿Han intentado alguna vez observar, pensar, comprender algo sin utilizar el lenguaje? No se desanimen, a ese dios le ocurrió lo mismo. De ahí que se reservara, como lo más preciado y lo más secreto, el fruto de la palabra: la sabiduría. De ahí que expulsara del paraíso, y con tal saña, a esa pareja de atrevidos.
Claro que la cosa no quedó ahí. En el mundo antiguo la palabra mantuvo su carácter mágico y sagrado. Verbo, es decir palabra, fue el título que los hebreos le dieron a su dios. Nombrar era no solo conocer sino posesionarse de la realidad. Por eso el nombre verdadero, tanto de ese dios como de cada persona, debía permanecer oculto. Quien lo conociera, se dijo, podría dominarlo. La palabra se hizo sinónimo de espíritu y quienes manejaban los resortes íntimos de ambos (¿de qué otra cosa si no se valieron los oráculos y los profetas?) se alzaron como guías de la comunidad.
Luego se desarrolló la escritura y, durante siglos, ésta disciplina fue apropiada por unos pocos, un saber reservado a unos pocos. Era poder y, como tal, por el poder debía ser monopolizada no sea que se desmandase y luego a ver quién era el guapo que la devolvía al redil.
Los tiempos pasaron, también la Historia, pero este asunto permaneció más o menos inmutable. Hasta que con Gutenberg llegó la imprenta y comenzó a democratizarse la lectura. Pero entonces –más o menos como sucediera con la manzana- los poderosos se sintieron amenazados, vieron el más que evidente peligro de que el saber se les descontrolara, que dejase de ser lo conveniente.
Pero para todo hay remedio. Qué mejor que poner vallas al campo, confeccionar listas de libros malsanos y, por tanto, prohibidos (como la del famoso Índice de la Inquisición), hacer grandes hogueras con tan peligrosas obras, pegar la tea encendida a palabras e ideas tales que hacían temblar los cimientos de la civilización.
Se descubrió América y la ley de gravitación universal; la penicilina y el motor de explosión, pero la situación no es que cambiara mucho para los libros. Para colmo, ya en el siglo XX (¿les dicen algo los nombres de Stalin, Hitler o Franco?), los diversos regímenes totalitarios prosiguieron, y ampliaron, tal ensañamiento contra los libros. Debían imponer su pensamiento único y, cuando tal se pretende, ¡es tan peligrosa la palabra en libertad!
Lean. Lean, dejen un lugar a su lado para un libro pues mucho de lo que somos a ellos se lo debemos. Yo, al menos, no sabría reconocer el mundo ni reconocerme sin los libros. Los libros que estuvieron conmigo desde la infancia. Sin duda, el mejor legado que le debo a mi padre.
Lean pues, como escribiera Herman Hesse:
Todos los libros del mundo
no te dan felicidad
pero te conducen en secreto
hacia ti mismo.
Allí encuentras todo lo que necesitas,
el sol, las estrellas y la luna
pues la luz que tú buscas
habita en ti mismo.
La sabiduría que buscaste
en las librerías
reluce en cada página…
Y ahora es tuya.
Lean, por favor. Sean libres. Muerdan esta manzana. Sean libres.
domingo, 25 de abril de 2010
¿Aún estamos con ésas, hermano? El mapa
de Europa siempre incompleto, idas y venidas, fronteras
y el mínimo común divisor, puntos de apoyo tan frágiles
como el hielo en el instante de derretirse.
Debía moverme con tacto de ciego,
buscar palabras lazarillos, sumar los pasos
que dura una calle, los ángulos de los valles
en V de cada cordillera.
Lo dejé, llevaba demasiado tiempo y no se trababa de un juego
aunque cada tarde jugara. Apostar a perder
era la manera de multiplicar por cero las ganancias.
La única certeza.
Relumbre de relámpagos en el cielo de invierno,
el momento de la revelación. Enero pasará muy rápido,
lo celebraremos la próxima vez, es fácil,
el mañana aún no está.
Celebrarlo igual que matizamos este verso
y los siguientes, vestirlos con ropa de faena
o de tiempo real. ¿No es cierto?
El sobre sin remite: este presente.
lunes, 1 de febrero de 2010
sábado, 23 de enero de 2010

